En un planeta que enfrenta cambio climático, pérdida de biodiversidad, presión sobre el agua y creciente exposición a riesgos naturales, los Geoparques Mundiales de la UNESCO han dejado de ser únicamente territorios de interés geológico para convertirse en verdaderos laboratorios de desarrollo sostenible. Un reciente artículo publicado en Nature Geoscience, “Geoparks and the future of geoscience outreach”, sostiene que estos territorios ofrecen un modelo práctico para devolver las ciencias de la Tierra al centro de la vida pública, vinculando protección del patrimonio geológico, educación, participación comunitaria y desarrollo local. La reflexión cobra especial fuerza cuando la geología necesita dialogar con la sociedad y traducirse en decisiones sobre territorio, agua, riesgos y futuro.
Ecuador comienza a perfilarse como un caso singular en el mapa mundial de los geoparques. Con tres Geoparques Mundiales UNESCO: Imbabura, Napo Sumaco y Volcán Tungurahua, en un territorio continental de dimensiones relativamente pequeñas, el país exhibe una concentración notable de reconocimientos frente a su superficie. A ello se suma un conjunto de propuestas e iniciativas territoriales que, en distintos momentos y niveles de maduración, han buscado avanzar bajo el concepto de geoparque en zonas como Quito, Galápagos, Jama-Pedernales, Ancón-Santa Elena y otros territorios de extraordinaria geodiversidad. Esta efervescencia resulta especialmente significativa: en pocos kilómetros cuadrados, Ecuador concentra volcanes activos, cordilleras, cuencas amazónicas, paisajes costeros, patrimonio paleontológico y ecosistemas insulares, configurando una plataforma excepcional para convertir la geodiversidad en ciencia, educación, turismo responsable y desarrollo territorial.
Pero el verdadero desafío comienza después del reconocimiento. La fortaleza no está únicamente en acumular designaciones, sino en construir gobernanza desde abajo, involucrando comunidades, pueblos indígenas, universidades, gobiernos locales, emprendimientos y actores turísticos. Precisamente, el artículo de Nature Geoscience advierte que los geoparques deben ser entendidos como infraestructura estratégica para la investigación, la educación y la participación social, y no simplemente como nuevos destinos turísticos. Son territorios donde el conocimiento puede coproducirse con la sociedad y donde las ciencias de la Tierra encuentran una aplicación concreta frente a desafíos ambientales, económicos y comunitarios.
La oportunidad para Ecuador es enorme. En un país atravesado por volcanes, fallas geológicas, sistemas hidrotermales y una extraordinaria diversidad de paisajes, los geoparques pueden convertirse en espacios privilegiados para acercar a la ciudadanía al conocimiento de la Tierra, fortalecer la gestión de riesgos, impulsar investigación aplicada y generar nuevas economías locales vinculadas al geoturismo. El mismo artículo destaca que estos territorios pueden funcionar como laboratorios vivos de sostenibilidad y acción climática, capaces de producir información útil para decisiones sobre uso del suelo, agua, patrimonio y resiliencia, al tiempo que fortalecen la identidad de las comunidades.
La pregunta de fondo, entonces, no es cuántos geoparques puede llegar a tener Ecuador, sino como quiere construirse a partir de ellos. Si logra articular ciencia, identidad, conservación, turismo sostenible y oportunidades económicas locales, su superficie podría transformarse en una de sus mayores ventajas comparativas. El mapa mundial ya comienza a reconocerlo; ahora corresponde al Ecuador decidir si sus geoparques serán únicamente puntos destacados en una red internacional o auténticos motores de conocimiento, resiliencia y desarrollo para las próximas generaciones.
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