Por Miradas Internacional
El turismo peruano, motor vital de desarrollo económico, cultural y social, sigue siendo víctima de una inestabilidad política que ha frenado su verdadero potencial. En los últimos años, los constantes cambios ministeriales en el despacho de Comercio Exterior y Turismo (Mincetur) han dejado una huella de improvisación y desconexión con la realidad del sector. Lo más preocupante es que muchos de los ministros designados carecían de experiencia o vínculo con el rubro turístico, lo que derivó en demoras innecesarias, desconocimiento técnico y falta de continuidad en los proyectos estratégicos que podrían haberse consolidado al Perú como potencia regional en materia turística.
Cada cambio de ministro tiene significado volver a empezar: nuevos equipos, nuevas prioridades y una larga curva de aprendizaje. Mientras el país perdía tiempo en explicaciones, diagnósticos y ajustes administrativos, los destinos esperaban gestión efectiva y políticas sostenibles. En lugar de avanzar hacia una reactivación ordenada y moderna, el turismo nacional quedó atrapado en una dinámica burocrática donde las decisiones urgentes se postergan y los grandes proyectos se paralizan. Así, se erosionó la confianza de los empresarios, operadores y comunidades que dependen del turismo como sustento principal.
A ello se suma una cadena de problemas que golpean la imagen del Perú ante el mundo. Machu Picchu, nuestro emblema turístico, ha sido escenario constante de conflictos, disputas por la venta de boletos, cuestionamientos sobre la concesión de Consetur y huelgas que bloquean el acceso al santuario. Cada una de estas crisis no solo afecta la experiencia del visitante, sino que envía un mensaje negativo sobre la capacidad del Estado para gestionar su principal activo patrimonial. Lo que debería ser motivo de orgullo nacional se convierte, repetidamente, en un foco de incertidumbre y desorganización.
El turismo necesita dirección, conocimiento y liderazgo técnico. No se puede seguir improvisando con autoridades que desconocen el sector y que, antes de entenderlo, ya están siendo reemplazadas. Es hora de priorizar la continuidad institucional, la profesionalización de la gestión turística y la articulación público-privada real, no solo declarativa. El Perú cuenta con recursos naturales, culturales y gastronómicos de talla mundial; lo que falta es una política coherente que los sostenga en el tiempo. Mientras los despachos ministeriales siguen girando como puertas giratorias, el turismo peruano seguirá detenido en la sala de espera del desarrollo.

