Por: Jaime Diaz – Miradas Internacional
Partir de Lima siempre tiene ese aire de nostalgia costera, pero el destino que nos aguardaba prometía cambiar la bruma del Pacífico por la humedad vibrante de la selva subtropical. Tras aterrizar en suelo argentino y hacer la conexión hacia Puerto Iguazú, el cambio es inmediato. El aire se vuelve denso, cargado de oxígeno y vida, y la tierra se tiñe de un rojo intenso, esa “tierra colorada” de Misiones que contrasta con el verde infinito de la vegetación. Como reportero acostumbrado a los majestuosos Andes, enfrentarse a la selva paranaense es descubrir otra cara de la imponencia de Sudamérica.
Al ingresar al Parque Nacional Iguazú en el lado argentino, la organización sorprende gratamente. No es solo un destino turístico; es un santuario natural protegido con un respeto reverencial. La aventura comienza en el Centro de Visitantes, donde abordamos el Tren Ecológico de la Selva. Este tren abierto, propulsado a gas para minimizar el impacto ambiental, nos introduce lentamente en el corazón del parque, permitiendo que los sentidos se aclimaten a los sonidos de la jungla antes de enfrentar al protagonista principal: el agua.
Nuestra primera parada fue el Circuito Superior . Para un peruano que valora las vistas panorámicas de nuestras propias ciudades incas, este recorrido ofrece una perspectiva similar en grandiosidad, pero horizontal. Las pasarelas metálicas se extienden sobre el borde de las cataratas, permitiéndonos literalmente sobre la línea de caída del agua. Desde aquí, la vista es infinita; se observa la cadena de saltos que forman un arco de herradura gigante, recordándonos lo pequeños que somos ante la fuerza de la naturaleza.

A medida que avanzábamos por este circuito, la luz del sol creaba arcoíris perpetuos entre la bruma. Es el lugar ideal para la fotografía, donde el Salto Bossetti y el Salto San Martín se muestran en toda su gloria. La tranquilidad de estas pasarelas permite contemplar el paisaje sin prisas, observando cómo el río Iguazú superior se fragmenta en cientos de cascadas que se precipitan al vacío con una elegancia violenta.
Sin embargo, la verdadera adrenalina nos esperaba abajo. Descendimos hacia el Circuito Inferior , una experiencia que recomiendo vivir con ropa ligera y disposición a mojarse. Aquí, la selva te abraza. Las pasarelas se internan bajo la sombra de árboles gigantes y helechos arborescentes, ofreciendo un contacto íntimo con la flora local. A diferencia del mirador superior, aquí no ves las cataratas desde arriba; las sientes caer frente a ti.

El punto culminante de este tramo es acercarse a la base de los saltos. El estruendo deja de ser un sonido de fondo para convertirse en una vibración que se siente en el pecho. El rocío del agua, pulverizado por la fuerza del impacto, nos dio lo que llaman el “bautismo” de las cataratas. Es una sensación de frescura y energía pura que ningún viajero debería perderse, una conexión primitiva con el elemento agua que renueva el espíritu.
Entre caminata y caminata, la fauna local se hace presente. Los coatíes, con sus colas anilladas y su curiosidad inagotable, son los anfitriones traviesos del parque. Vimos también tucanes cruzando el cielo y mariposas de colores imposibles que se posan sin miedo sobre los visitantes. Para nosotros, que venimos de un país megadiverso como Perú, es fascinante ver cómo la biodiversidad se manifiesta de formas tan distintas y exuberantes en esta latitud.
Pero ninguna visita al lado argentino está completa sin enfrentar al gigante: la Garganta del Diablo . Volvimos al tren para llegar a la estación final. Desde allí, una pasarela de más de un kilómetro cruza el río Iguazú Superior. El camino es engañosamente tranquilo; el río se ve tranquilo, ancho y plano, como un espejo gigante que refleja el cielo, sin dar pistas del abismo que se aproxima.
Al llegar al final de la pasarela, el mundo parece acabarse. La Garganta del Diablo es el salto más caudaloso y alto del conjunto. Estar parados en el balcón, justo al borde del precipicio donde millones de litros de agua caen por segundo, es una experiencia hipnótica. La bruma blanca se eleva cientos de metros, ocultando el fondo y creando una nube eterna. El sonido es tan ensordecedor que impide hablar; solo mirar queda y sentir.
Es en ese balcón donde uno entiende por qué estas cataratas son una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo. La fuerza bruta de la naturaleza se despliega sin restricciones. Como peruano, sentí un orgullo regional inmenso; Sudamérica alberga tesoros que desafiaban la imaginación, desde las alturas de Machu Picchu hasta esta garganta profunda donde la tierra parece rugir.
El regreso, con el atardecer pintando de naranja la selva, fue un momento de reflexión. Este viaje no es solo turismo; es una inmersión sensorial. Iguazú te cambia, te energiza y te deja una marca imborrable. La infraestructura del lado argentino permite vivir esta aventura con comodidad y seguridad, haciéndola accesible para todo tipo de viajero, desde el aventurero solitario hasta familias enteras.
Para los lectores de Miradas Internacionalesque deseen replicar esta travesía y vivir la magia de Misiones con la mejor logística y atención personalizada, esta experiencia fue posible gracias a la impecable gestión de nuestros aliados en destino. Su conocimiento local y profesionalismo hicieron que nuestro equipo solo se preocupara por disfrutar y capturar el momento.
Agradecimiento Especial:
Queremos extender nuestro profundo agradecimiento a la Agencia Estuario del Plata , quienes organizan cada detalle de esta aventura para el equipo de Miradas Internacional. Si deseas vivir esta experiencia única con la garantía de un servicio de excelencia, no dudes en contactarlos:
- LUIS ALBERTO PANZA
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